Por Néstor H. Batistelli
Si atendemos a la opinión del antólogo y principal teórico de esta corriente, Bruce Sterling, el ciberpunk ya no existe como tal, sus autores han seguido otros caminos literarios más personales, siendo ahora los verdaderos ciberpunkis “los libertarios de Internet, o los artistas por ordenador, o los diseñadores de videojuegos, o los críticos culturales”.

"Mirrorshades", antología del género editada por Sterling
La época dorada del ciberpunk, al menos en Norteamérica, fue la década de los ochenta. Lo que ocurre es que vivimos en una era extraña donde una todopoderosa ciencia y una ubicua tecnología en alianza nos asaltan y transforman. Estos años transcurridos (a partir de que Bruce Bethke acuñó el término “ciberpunk”) han conseguido que la academia y la CF converjan, dando lugar a estudios sociales, filosóficos y culturales ciberpunk. Así, en la actualidad, por ejemplo el “cyborg”, uno de los íconos del ciberpunk, se ha convertido en un horizonte especulativo real, las redes informáticas se hallan sometidas a un permanente debate o la definición de lo “humano” se ha puesto entre interrogantes. ¿Cómo no nos va a interesar ya el ciberpunk si, después de la premonitoria CF, nuestro mundo y nuestro futuro, nosotros mismos, somos, aun sin desearlo, cada vez más ciberpunk?
Desde un punto de vista literario, el ciberpunk ha supuesto un revulsivo estético para la CF, al tomar prestados recursos de la novela negra, de la música pop y del cine, en un sugerente eclecticismo que, por supuesto, también puede calificarse como de perfectamente posmoderno. Por supuesto que hay un ciberpunk tópico y lleno de lugares comunes, de vaqueros cableados y siniestros “yakuzas”, pero esto es precisamente lo que hace que algunos de estos relatos sean realmente joyas, piezas que saben equilibrar la calidad literaria con la sorpresa tecnológica, como es de rigor en toda buena ciencia ficción.
Así, el estilo de la mayoría de los relatos imita el de la novela negra, y a veces puede parecer demasiado sintético e incluso minimalista, al tiempo que se mezcla con jergas y argots, a mentido inventados por cada autor. La herencia de la novela negra se manifiesta también en el carácter de los protagonistas, inspirados en los detectives hard boiled hammettianos, caracterizados por seguir una particular ética personal en un entorno marginal. Su estructura narrativa ha sido influenciada en gran medida por el cine, y se apela constantemente a la capacidad de visualización del lector, así como a su cultura cinematográfica, todo lo cual se refleja en el aspecto de “guión redactado” de muchos relatos. La generación ciberpunk ha sido criada por el cine, la televisión y el videoclip, y eso se hace notar en su enfoque visual y narrativo hasta el punto de que sus relatos parecen proyectos de películas.

"Blade Runner", gran clásico de Scott basado en una novela de Philip K. Dick
Es por esto por lo que hoy podemos hablar de una relación simbiótica entre el cine y la literatura, y por tanto de una estética cinematográfica ciberpunk -a pesar de las reticencias de Sterling-, derivada directamente de la literatura y que ha producido películas interesantes pero de desigual calidad, aparte de la pionera y siempre fascinante Blade Runner (Ridley Scott, 1982), como Días extraños (Strange Days, K. Bigelow, 1995), Johnny Mnemonic (Robert Longo, 1995), New Rose Hotel (Abel Ferrara, 1998) -ambas basadas en relatos de W. Gibson- o Nirvana (Gabriele Salvatores, 1997), entre las que quizás no haya todavía ninguna obra maestra que haga justicia a sus fuentes literarias.
En el relato ciberpunk es el propio cuerpo el que se convierte en protagonista, al ser alterado por las drogas de diseño o la tecnología de los implantes y las prótesis electrónicas. Su esfuerzo por evidenciar todo un mundo sensorial, de una perturbadora sensualidad, provocado por la alteración de los sentidos a través de psicodélicos viajes al fondo de la mente, constituye una verdadera novedad en la CF y confiere un peculiar sabor surrealista a muchos pasajes. Otra de sus características genéricas es presentarnos un escenario próximo a la antiutopía (distopia), en el que hemos de aceptar con resignado fatalismo nuestro incierto destino y en el que el poder se encuentra en manos de las multinacionales, por lo que la supervivencia, conservando una ética elemental, es el objetivo básico.
El ciberpunk, como grupo, explota la veta de la tradición de la ciencia ficción. Sus precursores son legión. Los escritores concretos del ciberpunk se diferencian entre sí por sus deudas literarias, pero algunos de los más antiguos, mejor dicho, los “preciberpunk”, ejercen una clara y generalizada influencia.

"Crash", de Ballard, que inspiró también un film de D. Cronenberg
Así, de la Nueva Ola tenemos que mencionar el agudo ingenio callejero de Harlan Ellison, el esplendor visionario de Samuel Delany, la vertiginosa locura de Norman Spinrad, la estética rock de Michael Moorcock, la osadía intelectual de Brian Aldiss y, siempre, a J. G. Ballard.
Al ciberpunk lo encontramos en el submundo de los hackers, en la tecnología callejera del hip-hop y de la música scratch, en el rock de sintetizador de Londres y Tokio. Este fenómeno o dinámica tuvo un alcance global. Y el ciberpunk es su encarnación literaria.
Ahora la cultura tecnológica se ha salido de su cauce. Los avances de la ciencia son tan profundamente radicales, tan perturbadores, conflictivos y revolucionarios que ya no se pueden controlar. La ciencia está penetrando en la cultura general de forma masiva; ya está en todas partes. La estructura tradicional del poder, las instituciones de toda la vida, han perdido el control sobre el ritmo del cambio.
La contracultura de los sesenta fue rural, romanticona, anticientífica y antitecnológica. Pero siempre acechó en su corazón una contradicción simbolizada por la guitarra eléctrica. La tecnología del rock era como el filo agudo de un cuchillo. Fueron pasando los años, y la tecnología del rock se fue haciendo cada vez más perfecta, extendiéndose hacia la alta tecnología de grabación, el vídeo por satélite y la infografía. Poco a poco, fue como volver del revés la rebelde cultura pop, y ahora, con frecuencia, los artistas punteros del pop son también técnicos punteros. Son magos de los efectos especiales, maestros en las mezclas, técnicos de los efectos de grabación, hackers de los gráficos, que emergen en los nuevos medios para dejar estupefacta a la sociedad con las extravagancias de sus vuelos mentales. El hacker y el rockero son los ídolos de la cultura popular de esta década, y en sí mismo el ciberpunk es, en gran medida, un fenómeno pop: espontáneo, energético, cercano a las raíces de lo pop. El ciberpunk proviene de un ámbito donde el hacker de ordenadores y el rockero se solapan. Algunos encuentran los resultados extraños, incluso monstruosos; para otros, sin embargo, esta integración es una poderosa fuente de esperanza.
Ciertos temas centrales aparecen con frecuencia en el ciberpunk: el problema de la invasión del cuerpo con miembros protésicos, circuitos implantados, cirugía plástica o alteración genética. Similar y quizás aún más poderosa es la invasión de la mente: interfaces mente-ordenador, inteligencia artificial, neuroquímica… son técnicas que redefinen radicalmente la naturaleza humana, la naturaleza del yo.

"Neuromante", de Gibson, novela fundacional del ciberpunk
Los ciberpunkis, al ser en sí mismos híbridos, están fascinados por las zonas intermedias, las áreas donde, en palabras de Gibson, “la calle usa las cosas a su modo”: son los sucios e irreprimibles grafitos callejeros, producto de ese artefacto industrial clásico, el bote de spray; es el subversivo potencial de la impresora, de la fotocopiadora doméstica y la música scratch, cuyos innovadores marginales convierten al propio tocadiscos en un instrumento, generando la música arquetípica de los ochenta, donde el funk se encuentra con el método de collage de Burroughs. “Todo está en la mezcla” es cierto para gran parte del arte de los ochenta, y del mismo modo también es aplicable al ciberpunk, como lo es al punk, la moda “retro” de mezclar-y-ensamblar, y a la grabación digital multipista.
Los ochenta son una época de afianzamiento, de integración, de influencias hibridadas, de liberación de viejas nociones al sacudirlas y reinterpretarlas con una nueva sofisticación, desde una perspectiva más amplia. Los ciberpunkis buscan un punto de vista global y de gran alcance.
La novela de William Gibson, Neuromante, seguramente la quintaesencia de la novela ciberpunk, se sitúa en Tokio, Estambul y París. Frontera, de Lewis Shiner, presenta escenas en Rusia y México, y también en la superficie de Marte. Eclipse, de John Shirley, describe la Europa del Oeste en conflicto. Blood Music, de Greg Bear, es global, incluso cósmica en su amplitud.
Los instrumentos para la integración global, la red de satélites de comunicaciones y las corporaciones multinacionales, fascinan a los ciberpunkis y figuran constantemente en su trabajo.
Ver la segunda y última parte de este artículo
Fuentes:
- Cibercine, de José Luis Zárate Herrera
- A Salto De Imágenes, de Jorge Ayala Blanco
- Naif Yeyha, artículo “El Cyberpunk, la cara del desencanto” publicado en la revista de difusión e investigación cinematográficas DICINE, número 31 (noviembre de 1989)
- Bruce Sterling, Mirrorshades: the cyberpunk anthology, 1986
- Andoni Alonso e Iñaki Arzoz, nota preliminar a Mirroshades
Espectacularrrrrrr¡¡¡¡¡¡¡ El futuro ya es!!!